Tánger, ¿por quién lloras?

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Sólo quiero narrar lo que tantas veces he contemplado en este desigual “globo” en el que vivimos, “Insala” – si Dios quiere – que sea por poco tiempo. Son las mentiras disfrazadas de sueños, de otro mundo mejor, para muchos vulnerables jóvenes que sobreviven con las mínimas necesidades.

Fue un sábado de junio, y el sonido de las vuvucelas del Mundial de fútbol se mezcla con el que lanzan las dos mezquitas llamando a la oración; los hombres corrían para no llegar tarde a la mezquita. Entre tanto barullo yo escribo de forma pausada, sobre cualquier día de cualquier mes, en la Avenida Mohamed VI, antes Avenida de España, de Tánger, donde me encuentro sentado, dudando en entrar a la cafetería Hércules, allí tienen una magnífica música árabe, mezcla de sefardí y bereber.

En contraposición a esto, el espectáculo que contemplo en la calle es real, continuo y dantesco: son 15 ó 20 jóvenes de entre 10 y 15 años. Proceden de toda África y deambulan para sobrevivir entre sótanos húmedos, envueltos en cartones, sucios y negros por el paso del tiempo. Encima de estos mugrientos sótanos hay discotecas y a sus puertas auténticos “gorilas”, los porteros, vestidos de negro y azul, con grandes botas negras en las que introducen sus pantalones, al más puro estilo militar, llevan en sus manos detectores de metales y grandísimas porras negras. Así reciben a los nuevos ricos, con su último modelo todoterreno, a los que les he puesto el mote “los drogas”, “los ladrillos” y proceden de todas las partes del mundo.

¿Qué hacen estos chicos, de caras y manos negras, curtidos por un sol de justicia y huyendo del hambre? ¡Esperar! Esperan. Les puse por sobrenombre “Los carboneros”.

Entre las ruedas

Qué difícil es hacer entender que estos niños y jóvenes, sin casa, ni familia, ni documentación, quieran pasar a España y después al resto de Europa, escondidos entre las ruedas y los ejes de los camiones. Lo realmente sobrecogedor es observar cómo se van encajando en los ejes de los camiones europeos que se paran en el semáforo de la avenida. Todo el mundo observa el espectáculo gratuito de cómo se introducen en un minúsculo hueco en las traseras de los camiones. Para estos “carboneros” es como un balón de oxígeno hacia otra mejor vida que les han contado o la han visto en TV.

Contemplo más de 6 intentos entre las 23 y las 00.30 de la noche, 4 de ellos fallidos y dos con éxito, si se puede decir esto. El primer camión que para en el semáforo es de Xativa y los jóvenes salen corriendo de sus escondrijos en una dura lucha para alcanzar el hueco, que siempre es para el más fuerte. El primero de los chicos se introduce entre los ejes rápido como un rayo, el segundo disputa el hueco entre cuatro o cinco, quedando suspendido parte del cuerpo y las piernas colgando, que es lo único que veo al arrancar el camión. El resto del grupo se queda mirando al camión, discutiendo como sólo saben hacer los árabes, con grandes gestos y gritos, que parece que se vayan a matar. Nada más lejos de la realidad. Se dispersan, unos se sientan en los bancos, otros van a pedir al semáforo.

En el segundo intento apenas para el camión en el semáforo, nuevas carreras, nuevos empujones, pero el camión arranca y nadie puede meterse entre sus ejes.Vuelven a pedir en los semáforos, alguien les da un cartón de zumo y se pelean por él, como si fuera un tesoro. Se me acerca uno de ellos, me pide un dirham (10 céntimos de euro). No sé para qué le servirá, acaso, al cabo del día, pueda comprar pan y leche con los dirham que consiga.

El tercer intento es el más duro. El camión es alemán, de Francfurt, tan grande que parece adecuado a sus propósitos. Nueva estampida, nueva carrera, nuevos empujones, todo el paseo los contempla, es como algo habitual. Ante mi cara de “guiri” sorprendido, me susurran en un buen español: “No importa que se vayan, vendrán más”. Le miré impresionado.

Tras el camión alemán frena suavemente un camión marroquí que toca fuertemente el claxon para intimidar a los muchachos, ellos ni se inmutan. Se esconden entre los ejes tres chicos que se acomodan como pueden, espigados y negros como el azabache, no hay espacio. El último se agarra desesperadamente al cuerpo de su amigo. Cuando arranca el camión, sucede lo de tantas otras veces, el diminuto polizonte no puede aguantar el fuerte impulso de inercia que crea el movimiento hacia adelante del camión y como no está bien sujeto, cae al asfalto y se golpea fuertemente la cabeza y la espalda ante el estupor de los que allí estamos. Desde mi banco de madera, desde mi palco privilegiado del “teatro de la vida”, soy el primero en contemplar esta desgarradora obra. Se escuchan gritos en inteligible árabe. Al girar el chico en el suelo, uno de sus pies es atropellado por la gigantesca rueda del camión alemán. Gritó amargamente y un escalofrío recorrió todo mi cuerpo ante la escena. El camionero marroquí, consciente de lo que sucede, no acelera y pita fuertemente. Los compañeros del niño moreno corren en su ayuda, sus gritos son aterradores y de su cabeza mana abundante sangre. Los “carboneros” me informan con gestos de que le ha pillado un pie. Lo trasladan a la acera y lo tumban en el suelo, mientras sus lamentos son amargos, de rabia.

Agua como asistencia médica

Los gorilas de las discotecas cercanos, con móviles de última generación ni se molestan en llamar a urgencias, este suceso para ellos es habitual. Los amigos del niño lo llevan callejón abajo hasta la playa. Su asistencia médica es sólo “agua de la mar salada”. Llamo varias veces a urgencias, pero todo es en vano, no aparece nadie. Qué gran impotencia siento desde mi privilegiada butaca del “teatro de la vida”.

Mis amigos “carboneros” siguen aferrados a sus bancos del paseo, hablo con dos de ellos, uno más negro, tiene que ser bereber, de Dios sabe dónde, no habla francés, ni español, ni árabe oficial, y me hace dudar que hable alguna lengua entendible; el otro es casi blanco, dice ser de los alrededores de Casablanca. Les pregunto en árabe cómo se llaman, al primero no le entiendo su nombre, el segundo se llama Mohamed, nombre muy corriente por estas tierras y también por las nuestras ¿Verdad Moha, de Cadreita? ¿Verdad Moha, de Lodosa? ¿Verdad Moha, de Funes?.

Me hablan de sus sueños, de España, de su fútbol, de lo bonita que es, lo han visto por TV, no me extraña porque tienen las parabólicas más grandes que sus tejados. Les doy unos cuantos cigarros que siempre compro, para regalar, al cruzar el estrecho. Resulta divertido mantener una conversación con cuatro palabras de árabe, algunas más en francés y el resto en español; es un coctail divertido que hace a mi cabeza un buen ejercicio de memoria.

Saco mi petaca de whisky que llevo junto a un DVD de música y el bloc de dibujo y apuntes del árabe, le doy un largo sorbo para quitarme el mal sabor que me ha dejado la obra que acabo de narrar. Ellos sonríen y les digo en árabe “maya, maya”, “agua, agua”, ellos vuelven a sonreir y contestan con un “la , la” “no, no”.

Tánger, ¿por quién lloras?
Tánger, ¿por quién lloras?

Me voy de Tanger, después de que ella me haya dejado convivir, tanto de día como de noche, consus colores, sus luces, sus sonidos, sus gentes, sus exposiciones y museos. Conocer Tanger, con sus colinas y sus zocos y sus playas es una experiencia única. En sus colinas hay grandes mansiones con hermosos jardines que tendré ocasión de narrar en otro momento. ¡Tanger! espectáculo gratuito siempre. ¡Tanger!, ¿por quién lloras?

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